¿Qué comen nuestros hijos?

En su último especial, el conocido cocinero Chicote le hincaba el diente a la nutrición infantil con un tema sobre la mesa: ¿Qué comen nuestros niños? Sin dejar de ser un espectáculo televisivo, este programa tiene el mérito de hacer preguntas realmente interesantes y directas al grano: ¿Qué comen nuestros niños? ¿Qué se les da en los comedores? ¿Desayunan realmente lo que necesitan? ¿Son adecuados sus almuerzos, meriendas o cenas?

El 41% de los niños españoles sufre obesidad o sobrepeso. Y esto, que dicho así suena a una frase hecha, manida y extraída de un estudio (como así ha sido), es una de esas frases que hay que leer despacito, deletreándola poco a poco.

A casi la mitad de nuestros niños les sobran kilos. Algunos, son obesos directamente. Todos ellos tienen más riesgos de tener problemas de salud. Y esto es grave, muy grave.

Debemos de hacer algo y tomar conciencia de que la alimentación es esencial para nuestros pequeños. También para nosotros, pero eso lo dejamos para otro día.

No he logrado encontrar en la red el programa completo, pero sí algunos fragmentos que te dejo en este enlace para que puedas verlos si no tuviste la ocasión de hacerlo en la tele.

El programa de Chicote tiene aciertos y desaciertos. Hay aspectos en los que coincido completamente. En otros, discrepo frontalmente. Por ello me gustaría, a través de este blog, compartir contigo mi opinión y, sobre todo, ayudarte a conocer más las bases de una nutrición infantil saludable.

Como adelante, mi primera reflexión: Me llama la atención en el programa que siempre se asocia mal comer con obesidad. En este caso, en las dos familias que participan son evidentes los problemas de sobrepeso de alguno/a de sus miembros. Y razón no falta. Pero seguro que hay otras muchas familias sin problemas de peso, ni de los progenitores, ni de los hij@s, que tienen hábitos tan mejorables como los de las dos familias que se han brindado. Y esto es importante de destacar. Porque me da la impresión de que, de esta manera, solamente se focaliza y se resalta la importancia de cambiar hábitos alimentarios por cuestión estética, y no tanto de salud.

Así que sigo y allá voy, directa a abordar temas de interés para la salud de nuestros hijos, tomando como base de discusión lo dicho en este programa:

¿Qué comen realmente nuestros hijos?

La presencia de alimentos que se escenifican en el vértice de la pirámide es, lamentable y terriblemente, demasiado habitual en desayunos, almuerzos, meriendas, comidas y postres de los niños (galletas chocolateadas, bollería y pastelería industrial, batidos endulzados, zumos endulzados o a base de concentrado, yogures edulcorados, embutidos, quesos fundidos y similares, panes refinados, precocinados…). Sin mencionar las golosinas y demás.

Podemos hablar de “falsos amigos de la alimentación infantil” tal y como escribí en su momento para la Revista Eroski Consumer. Y podemos comprobar cómo en cinco años -desde que escribí el artículo- no ha cambiado mucho la cosa; digamos que, a día de hoy, son todavía más las variedades de “falsos amigos de la alimentación infantil”. Alimentos, envases, paquetes llenos de colores, sabores, formas, juguetitos, cromos…

Y llegan cada vez a públicos más pequeños, como “mi primer yogur”, endulzado hasta provocar malagana. Si el bebé con 7-8 meses se acostumbra a ese dulzor artificial… ¿cómo luego pretender que coma yogur natural o que le sepan dulce unas fresas o una pera?

Para más inri, ahora se estila hacer partícipes a los niños, invitándoles a que hagan su propio dibujo que luego saldrá impreso en las galletitas… ¡Perverso marketing!

 ¿Qué deberían comer realmente nuestros hijos?

Hay alimentos que, por su densidad nutritiva, por la vitalidad que aportan (en cantidad y variedad de “vitaminas”, su raíz “vita” viene de “vida”), su energía saludable, su compendio nutritivo y la sinergia de sus nutrientes (vitaminas, minerales, antioxidantes, aminoácidos esenciales, ácidos grasos esenciales…), deben de estar presentes, sin discusión, en los menús saludables de todas las familias.En mi opinión, los “alimentos básicos en la dieta infantil” son: frutas frescas, frutos secos, ensaladas frescas y verduras de temporada de todos los colores y sabores; legumbres cuantas más veces por semana y cuantas más variedades mejor, arroz integral y otros cereales integrales y naturales, pescados azules y pescados blancos, salvajes mucho mejor, y preferentemente lácteos fermentados ecológicos o lo más naturales posibles (de cabra, de oveja… no solo de vaca). En todos estos alimentos (o en la mayor parte) naturalmente no hay azúcares artificiales, exceso de sal ni de grasa saturada, grasa de palma, grasa hidrogenada… Suficiente razón, ¿no?

A partir de aquí, las combinaciones con otros alimentos enriquecerán la dieta, le aportarán más sabor, la dulcificarán, la reforzarán… Por tanto: hagamos cada uno nuestra propia reflexión, y contabilicemos pues, cuál es la presencia de estos “alimentos básicos” en el menú diario de nuestros hijos y en el menú familiar, por supuesto.

Es evidente que los caprichos alimentarios de los progenitores se convierten fácil y rápidamente en malos hábitos para los niños y niñas.

¿Cuál es la dieta adecuada para los niños?

Dietas adecuadas hay una para cada persona, sea niño, adolescente o persona adulta. Pero la base alimentaria mencionada anteriormente es compartida y adecuada si se come de todo. Se puede discutir si se opta por la alimentación vegetariana, pero esto lo podemos abordar en otro capítulo. No obstante, por mi experiencia como nutricionista especializada en intolerancias alimentarias, incluso alguno de los alimentos mencionados como “básicos” puede estar temporalmente contraindicado en la alimentación de niños con problemas crónicos (digestivos, alérgicos, respiratorios, de dolores de cabeza, problemas de la piel…).

Por tanto, mi siguiente reflexión al hilo de visionar el video, donde se hacen recomendaciones categóricas sobre lo que se debe o no se debe comer, y que discrepo en algunos aspectos, es: observemos a nuestros hijos, qué relación tienen con la alimentación, en particular con los alimentos más sanos y naturales, qué sensaciones tienen (preguntémosles), qué sabores aprecian y qué texturas, qué apetencias refieren, si manifiestan molestias repetidamente tras el consumo de determinados alimentos…

Soy consciente de que no ofrezco una respuesta concreta, más allá de reivindicar e inculcar la importancia de la presencia diaria de los “alimentos básicos” en la dieta de una niña o un niño sano. Y manifestar la importancia de atender las necesidades de alimentación adaptada en caso de que el niño tenga algún problema de salud, donde es fundamental el asesoramiento profesional, sin duda.

Aquí discrepo con las recomendaciones médicas respecto a las raciones de alimentos para los niños que aparecen en el programa televisivo.

¿Solo pasta cuando se hace ejercicio físico? Teniendo en cuenta que los niños no paran de moverse, mi aportación al respecto sería: ofrecerles pasta integral, pasta de distintos cereales (de arroz, de espelta, de kamut…), alternativa con otros cereales tipo cuscús, quinoa, etc.

¿Solo 2 huevos semanales? No son las mismas necesidades energéticas y proteicas las de un niño de 3 años que la de uno de 12 años, por ejemplo. Sí sería interesante que comprobáramos la “omnipresencia” de huevo en distintos alimentos (galletas, bollería, pastas tipo macarrones, salsas…).

¿Cada día lácteos? Sin desterrar a la leche y derivados, pero con los problemas que estamos viendo en relación a la calidad de los lácteos actuales y de la composición de estos alimentos, no me parece acertado ni veraz trasmitir que la leche sea un “alimento indispensable y de consumo obligado en los niños”.
Mi aportación en este sentido es que consuman si acaso lácteos fermentados tipo yogures naturales y quesos, de cabra, de oveja, y no siempre de vaca. Y acostumbrar a que coman a diario o con frecuencia, alimentos naturalmente ricos en calcio como almendras, pistachos y otros frutos secos; sésamo y tahin (en lugar de la mantequilla y de la margarina); verduras de hoja verde; legumbres; cereales integrales; bocadillos de sardinillas masticando bien la espinita…

El hábito hace al monje.

Este refrán dice mucho. En el video las dos familias reconocen la dificultad que tienen para que sus hijos/as coman alimentos básicos como verduras o frutas… Esto da pie para que lleven a cabo una interesante y visual experiencia en la que ofrecen a un grupo de niños a los que no les gustan ciertas frutas, a comerlas en pequeña cantidad pero repetidamente. Y se comprueba cómo se consigue el objetivo: los niños y niñas acaban comiendo la fruta, y lo mejor de todo, les acaba gustando.

La insistencia permite que el niño tenga la oportunidad de educar su gusto y apreciar y sentir finalmente agrado con los nuevos sabores a los que no estaba acostumbrado.

En psicología del comportamiento alimentario, está demostrado que conviene intentar que el niño pruebe el alimento rechazado hasta diez veces, en ocasiones preparado de manera distinta pero sin alterar mucho su sabor natural, para que el gusto del niño se acostumbre y lo admita. En diferentes momentos, nunca mediante la obligación, pero sí con insistencia y actitud positiva, respetando los tiempos, y por supuesto, nunca como sustitución de un plato por otro que gusta más.

La aceptación se debe lograr con todos los alimentos. Nunca hay que descartar ninguno porque entonces se cuestiona la norma de que todos son válidos. Nunca hay que renunciar a un alimento y, si bien algunos son más tempranos, otros se pueden dejar para más adelante. Sería interesante que para los tres añitos, el niño haya probado multitud de alimentos.

Aquí entonces entra en cuestión qué costumbre se tiene en casa de desayunar (ya no bien o mal, sino de darle importancia al desayuno), qué tipo de almuerzos o meriendas comen los peques, cómo son los postres, cuántas veces por semana comen chuches o galletas o batidos o cualquier cosa exageradamente dulce…; si hay fruta o frutos secos al alcance de los niños…

El doctor Brian Wansink, experto en marketing nutricional, psicología y economía, considera el esfuerzo (físico y psicológico) como una de las influencias más fuertes en el consumo alimentario. “Se relaciona con la facilidad, el acceso o la comodidad con la que un alimento puede ser adquirido y consumido”, explica. Por lo que se puede concluir que el consumo de alimentos depende del esfuerzo para conseguirlos, tal y como me hice eco en este artículo publicado en Eroski Consumer. Es por tanto esencial que el niño vea como natural y frecuente el frutero lleno; la cestita con los frutos secos y el cascanueces; la fuente de ensalada de entrante; o los bocadillos con pan integral, pero el verdadero…

En siguientes post entraremos más en lo particular, y debatiremos cómo es un buen desayuno, y cómo es la comida que se sirve en los colegios. Y daremos alternativas ricas, gustosas y saludables para que comer sea y siga siendo un sano placer.

 

Photo by Kelly Sikkema on Unsplash